ESE VIRGILIO DE LA ENEIDA.

Nunca se había preguntado cómo había llegado ahí. La muerte no había sido demorada por su pensamiento, desde que ocurrió todo se sentía como en un sueño sin final. Al principio tardo en reconocer a los demás que tristes se encontraban en ese paraje olvidado de Dios, pero con las horas la ausencia de los astros fue presagio de su realidad, sus dioses, aquellos a los que tantas veces había encarnado lo abandonaban en lo desconocido junto a otras almas que adoraron antaño sus diferentes nombres. El hades resbalaba sobre sus esperanzas…

Un hombre; el primero que se acercó a él en ese infierno, le había dicho que el barquero, el inhumano que surca el rió Aqueronte, lo había llevado hasta allí cargado en hombros. Las yemas de sus dedos no sintieron nada cuando intento levantarse y su vista solo le inspiro compasión ante toda esa falsedad, hombres sin sombras lo rodeaban, un verso latino emano esa oportunidad de su boca. Hábil, fuerte, curioso, anduvo por esa variada tierra hasta tocar sus siete murallas, no encontró por ninguna parte el borde del rió, el cielo o las estrellas que eran dioses no estaban. Por ningún lugar Virgilio pudo encontrar su reflejo. Entonces lo recordó en las anchas superficies doradas de algún palacio ostentoso, lo recordó reflejado en las aguas de una fuente pública, en el borde de una espada romana que llevo algún emperador augusto de carácter.

Sobre esa tierra desconocida escucho sobre naciones lejanas, enemigas y patrias, todo lo recibía como se recibe un golpe de viento. La idea de unos dioses mal escogidos le surcaba la línea media de la frente, gradualmente el poeta fue abandonando las dulces esperanzas del hades, estaba sumido en ese sueño sin poder despertar. Un día en medio de la neblina se le acercó un hombre con los rasgos de un águila, entonces sintió toparse con un antepasado latino, Virgilio le contó a Cesar como el pueblo Romano lo había llorado durante muchísimo tiempo. El exánime emperador alabo cada uno de sus intentos por reanimar la patria y por nueve noches escucho las hermosas poesías de Virgilio. Esas líneas que sintió que se borraban de entre sus manos representaban para esos dos hombres lo esencial de un destino, su destino. Ya no veré (sintió) ni las columnas que se alzan con la victoria, no veré los campos, ni la avanzada de mi pueblo amado, ya no veré (dijo) mis antiguos manuscritos, los templos de mis dioses, mis compatriotas, ya no beberé vino (pensó) o besare una mujer. Junto al Cesar Virgilio supo que estaba muerto.

Un día miro (ya sin asombro) al gran Eneas, el que llevo a su padre Anquises cargado después de la caída de Troya, era tan diferente a como él lo había pensado que no quiso acercarse pues, reducido a un espíritu en aquel infierno ninguno de los héroes de antaño le pareció que fuese más valioso que otro. El quemara la Eneida (se dijo en el vacío del infierno) y nadie recordara que fue de ti guerrero, pero una espada lejana, una voz o una música le recordó que algunas leyendas son imborrables con el fuego. Entonces Virgilio descendió en su memoria, que le pareció un vasto altar construido de letras y logro beber del recuerdo de una línea de Homero, quizá la había visto en un sueño, era difícil saberlo. La espada ondeaba en su dirección y el desconocido ciego se presentó con una palabra fenicia que el poeta respondió con un verso sacado del poco griego que dominaba. (Dicen los que escucharon que hablaron del caer de una torre muy alta)

Así fue, y con grave asombro comprendió que Homero le agradecía la continuación de su obra, Cesar la había memorizado y compartido con el ciego, Homero le felicitaba entre toda aquella imposición del infierno por sus logros poéticos. <<Hades vendrá a buscarnos>> Le dijo el ciego <<Y cantaremos a la memoria de nuestros dioses sin amargura>> el poeta observo a quienes avanzaron como un incendio a rodearlo… Virgilio ahora conocedor de Homero no tardo con el tiempo en unirse a los filósofos y guerreros que allí moraban su muerte. Y en esa noche eterna se discutió sobre los asuntos más altos y más bajos para el hombre. Los hexámetros fluían de las bocas de un extremo a otro del limbo. Ares, Afrodita, Poseidón, Zeus,  todos escondidos entre aquellas palabras los acompañaron, no había ningún templo pero sus memorias eran esos templos, eso era suficiente. El rumor de las Odiseas, Ilíadas y Eneidas eran y serán proclamadas en la memoria humana en esa noche eterna y la en las siguientes por muchos de los años futuros.

Recostado junto a Heráclito, Zenón divertía con sus amargas deducciones, Virgilio soñó amargado  que una mujer extraña, desde lo más alto del cielo, le pidió socorrer por amor a un amado suyo. Beatriz le contó para complacerlo que en el mundo de los vivos su obra había recorrido cada rincón por lejano que pareciera a sus intenciones. Augusto no había cumplido su promesa y pagaba alto precio en el infierno. <<El nunca alcanzara a tocarme, pero debe verme una última vez>> le dijo el espíritu de la dama hablando del desconocido Dante. Virgilio acepto solo si antes le relataba la historia de aquel infierno, el sería un Guía, mas no un esclavo, su orgullo Romano no lo permitía. Sufrirás (le dijo Beatriz) pues tendrás que devolver solo tus pasos a este lugar cuando acompañes al indefenso que protejo. Los términos fueron acordados con una corona de laurel.

Antes de partir Beatriz se complació de escuchar de los labios de Homero la Eneida, que completaba un paso más en su historia. El ciego se enteró que permanecería allí por siempre y le reconfortaba que algún día en aquel limbo, un espíritu llegaría y traería consigo otra parte del interminable poema que inicio el hace tanto tiempo. Los filósofos advirtieron al romano de las ganancias de la ignorancia, nadie fue en contra de esa voluntad impuesta, pero ninguno le gustaba el uso que les aplicaba sin consideración ese dios ajeno. Un tiempo después de su partida se supo por todo el infierno que por segunda vez un hombre atravesó las puertas del infierno en el sentido contrario al de las almas, y más lejos llego la historia de cómo el poeta volvió a entrar sin quebrarse. Los seres comentaron como lo habían visto y las historias atravesaron los círculos hasta sus profundidades, no hubo romano que no se exaltara y relatara lo que había pasado en el futuro, Odiseo comento haberle visto a los ojos y su mensaje llego a oídos de Homero. <<Maldito seas poeta>> decían los demonios que aguantaban sus burlas, un minotauro le guardaría tanto rencor que los ángeles debieron intervenir en su regreso. Se dijo en el limbo, tiempo antes de la llegada de Virgilio que nadie comentaría sobre aquel viaje, pues ya se sabía que en el fondo aquello era un castigo, el más cruel de todos los castigos en el infierno. Un sabio, de nombre impronunciable adjudicaba esto a que Virgilio había profetizado la llegada de Cristo al mundo antes que cualquier otro, pero otros en su contra solo afirmaban lo incomprensible del asunto divino. Cuando Virgilio llego, trajo consigo un cabello de satanás y un relato para Cesar del lugar que ocupaba Bruto en ese ese infierno. De otros asuntos Virgilio al limbo no le comento nada, nunca. Los demás nunca preguntaron cómo se había quemado de esa forma la planta de sus pies o las palmas de sus manos, Ovidio nuevo allí en el limbo, se atrevió a decir en público que Virgilio limpio una lagrima del mismo satanás como una burla a Dios o por otra parte seguro se quemó con una de estas acercándose a injuriar a ese maldito traidor que masticaba. Muchas otras cosas se comentaron sobre su llegada y retorno al infierno.

proyecto123

William Bouguereau – Dante and Virgile

 

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