OBLIVION

Bajo los ritmos del tambor americano y entre las danzas del desnudo Caribe, un grupo de cazadores con sus esposas e hijos se reunían en torno a su Cacique. Los oyentes allí presentes se encontraban, por así decirlo, poseídos por la suavidad que el tabaco depara a quienes lo aspiran, el alto jefe fumaba, a diferencia de su gente que envolvía las hojas, él fumaba en un hacha que hacía a su vez de pipa y arma demostrando su versatilidad anímica para saltar de la más completa paz mental a la guerra en el sentido Caribe de la palabra. A unos treinta metros en la espesura, aquella noche entre los arbustos, se acercaba un hombre blanco, alto y desarmado que buscaba entre su mente los motivos por los cuales se había escapado de la seguridad del campamento en plena conciencia de sus actos, hacia una reunión tan peligrosa con su enemigo.

El español tendría unos 30 años de edad a lo sumo, en aquella oscuridad lunar resaltaban sus cabellos dorados que coronaban el distintivo uniforme de un soldado Español. El jefe Caribe, quien compartía edad con el soldado, se incorporó al ver su invitado y le ofreció aquella hacha por el mango rellena de renovado tabaco, e hizo señales a alguna de sus hijas para que trajeran piel gruesa al recién llegado que tiritaba de frio después de haber cruzado el rio de noche a nado. Al contrario de lo que pensaba el soldado su presencia no sostuvo mayor novedad entre sus anfitriones, sino que más bien su presencia era bien recibida y de forma hospitalaria recibió cuanto le ofrecían sus adversarios. Entonces el jefe dijo estas palabras:

-“En batalla me quisiste relatar un sueño, pero te contuvo de hablar el miedo que veneras en mi arma, habla ahora que entre tus manos sostienes voz para tu espíritu y paz mientras la compartimos.”

El capitán, porque era un capitán Español, nunca había observado de cerca uno de aquellos rudimentarios instrumentos tradicionales, solo se había limitado a observar en plena batalla como un hombre hábil arrancaba las almas de los cuerpos de sus compatriotas con unos cuantos golpes y remataba a los derrotados con una mordida sanguinolenta en la yugular. Notó, puesto que no estaba en batalla, que el tacto de la madera era muy cálido y se sintió capaz de empuñarla con severidad si fuera de su pertenencia, o de ser necesario en aquella noche, ya en algunas ocasiones el Capitán había chocado su espada contra el hacha del jefe Caribe pero por más que buscó, girándola entre su manos no alcanzaba observar mella en el acero o marcas en la madera del mango, solo encontraba calidez, equilibrio y permiso de hablar libremente ante el Caribe.

-“Si no le molesta” – le dijo al Gran jefe- “me gustaría fumar un poco antes de empezar a exponer mis motivos, no he conocido el tabaco aun…”

Asintiendo su interlocutor le acerco fuego en una mecha de artillería para facilitarle las cosas, el Capitán embriago sus pulmones de aquel humo gris claro del tabaco que a diferencia del alcohol u otras hojas fumadas, genera un estado casi contemplativo tanto a lo externo como a los pensamientos mas íntimos o inconscientes del hombre. Las caladas, no tardo en darse cuenta, debían ser continuas y cortas para encender un tizón y la final debía ser larga y profunda. Escapándose el humo de su boca, dijo al jefe:

-“Usted es mi enemigo, un enemigo que yo no decidí tener, en una guerra que no es mía, las treguas parecen el único camino de esta batalla, los monjes hablan de Dios y de superioridad del Español sobre el hombre Caribe, mas yo escucho hablar de descubrimiento y no me sorprendo pues yo siento que ya estuve aquí solo que lo he olvidado casi todo.”

Observando el fuego, el Caribe reflexionaba sobre aquella lengua que aprendía a entender por necesidad de comunicarse, no comprendía como el termino enemigo podía acercarse tanto al opuesto cuando se trata de un ser humano sea cual sea su color de piel. No había acontecido tal odio con los de piel oscura, ni tampoco con los fantasmas dorados de los cuales hablaron sus ancestros. El Gran jefe entre el humo detallaba los rasgos tan singulares del Español y se preguntaba que le hacía tan ciego de espíritu.

-“Sepa”- Hablo el capitán embriagado por el tabaco-“Que yo lo vi a usted en mis sueños, y puedo jurar por Dios que fue al menos tres meses antes de arribar en las costas del nuevo continente, un sacerdote me dijo que se debía a una visión divina del demonio, pero fue algo muy verosímil cuando ni siquiera por curiosidad me escucho, las noches venideras he tenido el mismo sueño por las noches, solo que ha disminuido la vivacidad de mi experiencia, allí está usted todas las veces, con la misma expresión que le vi la primera vez que pactamos un día de paz para ambos, no muy diferente a la que tiene ahora en su rostro”

-“Yo, Capitán, tuve el mismo sueño que usted, solo que en una forma distinta a la suya”

-“No le he relatado el sueño aun, tampoco a ninguno de mis subordinados, usted ni por adivinación puede saber que sueña un hombre blanco, así lo aseguran nuestros sacerdotes.”

-“Capitán, hay muchas formas en que el Caribe sueña, pero hable usted el sueño hasta la mitad y yo diré la mitad final”

-“Si así quiere, pero vera que se equivoca, este sueño no tiene nada de predecible, le recomiendo no aventurarse”

Las bocanadas de humo danzaban desde las bocas hasta la inmensidad, los hilos plateados bailaban como bailaban los cazadores, las líneas se unían y se separaban en vértices y curvas imposibles para la boca, uno que fumaba emanaba círculos de humo. El capitán temiendo ser escuchado por los otros en la intimidad de su sueño se acerco a un lado del jefe quien señalo a sus guerreros que no se preocuparan por el arma, escucho como el sueño era relatado en su oído como una confidencia:

Era de mañana, el día amanecía como nunca se había visto, tenía la leve noción de que el mundo había crecido y se había desaparecido el bamboleo del barco, estaba en tierra firme y temía haber desmallado o enfermado tanto tiempo, pues meses enteros nos esperaban de viaje por la ruta de Colon hasta el nuevo mundo, viaje que yo dirigía. La promesa de las joyas descansaba detrás de mis ojos y no tarde en darme cuenta de la pureza del aire que respiraba, mi desnudes me resulto igual de sorprendente. No me asustaba el nuevo color de mi piel pero si mi tamaño y el lugar donde me encontraba, era una choza y me era imposible haberlas visto, las conocía de relato pero nunca había estado dentro de una. Mis pies eran duros como roca y mis manos tenían cierta suavidad de la que me percataba mientras caminaba hacia algún lugar huyendo, y allí estaba usted jefe, el doble de mi tamaño y con los rasgos que su gente acostumbra, de su solemne mirada comprendí que había llegado tarde a nuestro encuentro, pues la presa ya la sostenía usted entre manos, entonces fue cuando me supe su alumno… y sentí pena por mi deshonra, no sé que habría sido de mi entonces si aquella águila no se hubiera hecho ver en el cielo, era tan grande que al verla, volví a usted para confirmar la realidad de mi visión, recuerdo claramente su quijada endurecerse mientras asentía.
Por primera vez en mis años de vida toque el sentido de aquella irrealidad en la cual participaba, sabía que soñaba pero la sensación de ser otra persona era tan viva como el fuego que ahora nos abriga, sentía la sangre arder en mis venas y me sentí seguro sin lanza ni armadura, aquello seria un estorbo para mi misión, las piernas aunque débiles de distancia se compensaban en agilidad y la velocidad era mi flecha, el águila se poso en un árbol no muy lejano, la divise porque estiraba sus alas. Desde donde la contemplaba doblaba mi altura y porqué no, mi fuerza. La vegetación se incrustaba en mi cuerpo de forma que yo era esa vegetación, no podía permitirme ser visto y menos portar ruido, sigiloso me tuve que acercar mediante el arrastre, alucinaba con su aprobación y mi tesoro se había transformado en la forma de una pluma, jefe si me hubiera detenido en aquel momento bajo el árbol hubiera muerto, mi corazón hubiera explotado como un cañón y escapado de mi pecho hasta la cima, debí seguirlo y aferrándome a esa áspera corteza. Comencé con mis piernas el acenso, lo ligero de mi peso facilitaba no espantar el animal con el ruido, esquive algunas ramas que si bien antes buscaban herirme ahora me acariciaban la piel cobriza, el viento corría entre las hojas como una voz, como si el viento cantara mi éxito, y ascendí con cautela y aferre mis dedos con rapidez ante un resbalón que casi me hace caer. Podía observar el animal desde donde me encontraba, la copa del árbol era su castillo y yo expugnaría con mis propias manos el paso hasta su presencia, dulce era el sabor de mi boca, y amargo el olor que sentía mientras más me acercaba, olía a sudor rancio, quemaba mi nariz mientras más me acercaba, estaba tan cerca pero cubierto de tal emoción que tuve que morderme el dorso de la mano, si seguía respirando así delataría mi presencia y fácilmente seria devorado por el águila, entonces logre ver a través de sus ojos y observe todo el horizonte, el infinito verde de los arboles que nos rodeaban, la inmensidad de un continente, aquel olor de la bestia era recordatorio de mi peligro, el viento me gritaba que ese era el momento, entonces en punta de pies a un palmo de la bestia estire la mano con cautela y me aferre a una pluma que logre arrancar solo cuando use todo mi peso, el enorme pico rozo mi mejilla, pude ver a los ojos el animal que era más grande que yo, pude sentir el miedo de mi muerte, pude observar por primera vez mi rostro en esas pupilas largas, y el que vi no era yo, y mucho menos el que se soltó entre las ramas, yo use mis brazos para sostenerme a lo que se atravesaba en mi camino hacia abajo, en mi mano apretaba lo que era mío, el águila sobrevolaba el árbol dándome casa, pero mi caída fue más veloz que su vuelo y ya en la base logre esconderme de sus ojos.
Jefe que feliz era entonces cuando me encamine a donde había iniciado todo, usted me recibió con la quijada en alto, le vi tomar de mi mano la pluma del águila, le vi estirarla entre sus dedos y me resulto penoso que tuviera que acercar su nariz para aspirar la grasa de la pluma, su nariz estaba hecha para aspirar de esquina a esquina mi pluma, usted había nacido para ese momento, me devolvió aquella rareza con aprobación y desde entonces fue mi tesoro, pues no era falsa y entonces…

Con una mano en el hombro del Capitán el jefe confirmo los hechos, le dijo que de ese momento el tomaba una participación en el sueño y que en adelante él seria el guía, dijo que el completaría el final y que aunque sabe que su anfitrión desea olvidar esta parte del sueño, el mismo juzgará si era verdad o falsedad del guerrero que habían compartido el sueño, dijo así:

-“Demostración fue de tu espíritu acercarte al ave y enfrentarla, evitaste el pico como si de mi filo se tratase, mas llegado a mi te conduje dentro de la choza y te dije: “El hombre en nuestro pueblo viste de las muestras de sus cualidades como hombre, se hace con sus actos de poder y valentía una vestimenta” y miento si no te enseñe mi corona de plumas, 92 obtenidas sin armas con apenas unas lluvias más que las tuyas.”

El capitán roto de espíritu ante esa revelación torno sus ojos brillosos puesto que no entendía como un hombre al que no conocía podía haber soñado iguales cosas que él, no le asuntaba tener similitudes, sino que le asustaba la idea de la superioridad, esa guerra, ese proyecto de colonización no sería realizado de no ser los Españoles más fuertes que los Indígenas que pretendían adiestrar. ¿Cómo comparar los recuerdos de su infancia con esa única experiencia? ¿Sería un hombre de su raza capas de una proeza igual? ¿Conocer hasta los sueños? El jefe observando a su invitado le tendió la mano con una pluma entre sus dedos y dijo así:

-“Ten Capitán, es tuya por derecho, aun perdura el agrio sudor del ave, prueba de que transitaste el camino que esta noche llamaste sueño, vuelve en paz con lo que es tuyo, mi custodia esta completa. Sera un honor batallar mientras la usas”

Y tomando la pluma con que había soñado, reconoció el aroma del águila que la había portado en su plumaje y de inmediato al borde de una sensación nueva, desmayo el español entre sus enemigos una noche de paz pactada con el gran jefe Caribe. Ahora sus dudas se habían ido, la batalla era un águila viva y España apenas y tenía una pluma en sus manos. Ahora quería olvidarlo todo. Olvidar sus sueño.

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