Entrada Al Vacío: Senderos Que Se Bifurcan (II)

El vacío no es un tema nuevo o relevante en Occidente, algunos filósofos y divulgadores han buscado durante largo tiempo empapar al público de estas cuestiones inherentes a otra espiritualidad. Aunque con resultados cuestionables en el pasado tenemos pensadores como Kant, Hegel y Heidegger quienes sentaron sus opiniones desde el análisis de la religión tal como era concebida a la luz de sus opiniones filosóficas. Opiniones quizá poco cuestionadas por el mero prestigio que sus nombres poseían en los escalafones más altos de los círculos intelectuales. Y aunque occidente ha contado recientemente con hombres como Allan Wats, Carl Jung, J. Cambell y otros tantos divulgadores, muchas características de lo referente al vacío y religiosidad extranjera se escapan de nuestras concepciones más elaboradas. Este malestar puede referirse a una excesiva costumbre del símbolo pero una apreciación más sutil de Occidente sugerirá las raíces de este malestar en nuestro narcisismo intelectual, en nuestro historicismo y nuestras bases epistemológicas remotas (pocas veces examinadas a fondo y con sobriedad). Tomemos por ejemplo las dificultades inherentes al entendimiento de lo que llamamos Filosofía China en todo Occidente, puesto que la misma no tiene nada de lo que conocemos y acostumbramos como filosofía. ¿Como relacionarnos entonces con el Vacío si el mismo implica un espacio sin Dios, algo que contradice nuestras propias nociones de lo que es la religión? Exploremos dos posiciones frente a este problema, (1) Hegeliana y otra (2) de manos de Byung-Chul Han, estudioso de las obras de Hegel y otros tantos filósofos del pasado.

I. Hegel

Hegel va a decir sobre el Budismo que:

•A primera vista no puede menos de sorprender que el hombre piense a Dios como nada, eso tiene que presentarse como la cosa más singular del mundo; pero esa determinación, considerada más de cerca, significa: Dios no es en absoluto «nada determinado»; no hay ninguna determinación de tipo alguno que corresponda a Dios, él es lo infinito; y eso significa: Dios es la negación de todo lo particular.

Hegel ve en este avatar de Dios, una propuesta que ratifica el pensamiento de Dios visto como el sujeto de los predicados, es decir nada en absoluto pues todos le son posibles y nada le es determinado.

La entrada al Vacío en Hegel no es más que un abandono al fortalecimiento del yo en el proceso meditativo, es la individualidad Radical del ser. Hegel dirá que este hundimiento meditativo practicado por los budistas aspira al silencio que contacta con el ser en si. En este hundimiento Hegeliano se corta toda relación con el otro, la meditación es una ocupación consigo mismo, un retorno hacia sí. Con esto sugiere Hegel que el practicante obtiene la interioridad pura, absoluta, el ser que esta libre del otro amo. En Hegel la entrada al vacío presume un hundimiento en la sustancia que constituye la conservación del mundo. De acuerdo con ello, la santidad del hombre consiste en que en esta aniquilación, en este silencio, se une con Dios, la nada, el absoluto. Libre del discurso del amor y el esclavo.

Según esto en Hegel, la infinitud del vacío como libertad consiste en una pura interioridad sin el otro, que no está implicada en ninguna exterioridad, en ninguna alteridad. En este hundimiento en el puro pensamiento el hombre está por completo en sí, se refiere solo a sí mismo, se toca tan solo a sí mismo. Ninguna exterioridad perturba su contemplación referida a sí mismo.

Es como si Hegel sugiriera el desencadenamiento del hombre hacia el gran Otro que puede ser conocido en sus avatares como el lenguaje y las pautas del mismo, eso que Lacan llamó el tesoro de los significantes que encarnan al Otro con mayúsculas. Hegel no puede ver el Budismo sin participar de sus propias ideas del Poder y de la esencia que crean los opuestos

II. Byung-Chul Han

En su libro Filosofía del Budismo Zen, Byung-Chul Han comentara los errores de Hegel en su intento por abarcar una explicación filosófica de los procesos que sugiere se desenvuelven en esa inmersión en el Vacío. Han se alejara del discurso Hegeliano no destruyéndolo o buscando comprometerlo sino que más bien Han nos hace ver a Hegel como un escalón hacia el vacío pero no la comprensión final del asunto, pues al contrario de lo que Hegel piensa no es un asombro una religión sin Dios. Hegel se equivoca principalmente al limitar el hundimiento meditativo en una sola dirección interna y rechazar lo que esta fuera de si, lo exterior, pues el Budismo escapa en muchos aspectos a sus modelos fenomenológico y dialecticos. Más recordemos en la entrada anterior las dificultades referentes a la hora de emitir una sentencia en lenguaje sobre este tema.

Byung-Chul Han dirá que en Hegel la comprensión esta absorta ante el narcisismo de su propio pensamiento ególatra, nos va a decir que el hombre en el Zen no se gusta en Dios como ocurre en otras religiones, sino que más bien el Budismo esta libre de toda referencia narcisista y del concepto de si mismo devenido de un otro divino. Aquí ningún Dios restituye o devuelve el si mismo. El vacío del budismo Zen niega toda forma de regreso narcisista a sí mismo. Deja al sí mismo sin espejo para admirar su yo.

La subjetividad, mejor dicho: la interioridad subjetiva de Hegel, único lugar donde sería posible un gustarse, un disfrutarse, no se da en el corazón ayunador del budismo Zen. En efecto, la nada del budismo Zen está vaciada del ser(plegado sobre sí) de la interioridad.

Esta Nada Budista, este Vacío, esta indeterminado por el poder, la noción de susbtancia, el devenir y surgir de las conexiones racionales. El vacío Budista significa, más bien, que nada domina… no se manifiesta como un Señor, un Otro con mayúsculas. De ella no surge ningún dominio, ningún poder. Buda no representa nada. En él no se encarna la substancia eterna en una singularidad individual. Se puede matar a Buda en el Zen sin pagar lo que Nietzsche pago en la moralidad occidental.

En la nada, es precisamente donde se niega toda substancia, toda subjetividad, a la nada le es extraña aquel poder que se revela o manifiesta al éxtasis religioso Cristiano. Este vacío no es un poder que haga que actúe. No produce cosa alguna. La ausencia del Señor en ella desliga al budismo de toda economía del dominio. La falta de concentración del poder en un nombre conduce a una ausencia de la violencia. Nadie representa un poder, un Otro. Puede verse el fundamento de esto en un centro vacío, que no excluye nada, que no está ocupado por ningún sujeto del poder. Este vacío, esta ausencia de la subjetividad excluyente confiere al budismo un carácter precisamente amistoso: Sobre la cabeza no hay ningún techo, y no hay ninguna tierra bajo los pies.

El camino budista, la entrada al Vacío, no produce ninguna transcendencia. Sería imposible una huida del mundo, pues no hay ningún otro mundo: El camino desemboca en el tiempo remoto, conduce a una profunda inmanencia, en un mundo cotidiano de hombres y mujeres, de anciano y joven, sartén y olla, gato y cuchara, perro y Cabello, arroz y lentejas. La iluminación (Satori) no designa ningún arrobamiento, ningún estado extático extraordinario en el que el hombre, de hecho, se agradara. Es más bien el despertar a lo ordinario. No se despierta en un extraordinario allí, sino en un antiquísimo aquí, en una profunda inmanencia. La mirada, en lugar de andar vagando por otras partes, ha de profundizarse en la inmanencia: Tenemos que mirar con atención al lugar donde ponemos nuestros pies, y no hemos de perdernos en la lejanía. Pues, en cualquier lugar donde vamos y nos paramos, en verdad lo buscado está ya siempre bajo nuestros pies. Se debe romper con el énfasis heroico en que se empeñan las concepciones occidentales.

La iluminación es un despertar a lo cotidiano. Toda búsqueda de un allí extraordinario desvía del camino. Ha de producirse un salto al aquí ordinario. Es logrado cuando en cada caso se hace «una demora» en la mirada de lo usual. El tiempo de la repetición, como tiempo sin cuidado (preocupación), promete un «buen tiempo». Es actualizar lo inconsciente en su propia forma.

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