Entrada Al Vacío: El Dalái Lama Y La Física Budista (IV)

I. ¿Porque el Dalái Lama?

En disertaciones anteriores exploramos los peldaños del pensamiento Budista. Observamos una duplicidad de dos caminos íntegros que buscan una experiencia vital concreta: El Hinayana y Mahayana, pequeño y gran vehículo. De sus bases filosóficas no pudimos evitar preguntarnos por ciertos paralelismos que observamos entre las bases del pensamiento de los dos vehículos y las propias bases de la física moderna y sus mecánicas newtonianas y cuántica.

En el pensamiento occidental encontraremos dificultades para encontrar alguna comunidad de pensadores que nos aclare estos paralelismos observados por nosotros, ya sea por exceso de opiniones dudosas o por las faltas de criterios ante el tema, esto por que en relación con el vacío somos aparentemente aspirantes a este conocimiento. Mi propia búsqueda por Internet me ha llevado a un ambiente plagado de afirmaciones y refutaciones en niveles insostenibles. Sabemos que son escasas las personas capaces de emitir una opinión de peso en el tema y otras aún más extintas son las capaces de experimentarlo, entonces ¿Donde buscar? Tengo algunos indicios de donde iniciar, y es sencillamente en el mundo. Si queremos las cualidades que buscamos: la opinión de peso y la práctica del vacío, un hombre como su santidad el Dalái Lama es tanto lo uno como lo otro, aunque no sea precisamente un científico renombrado. Pese a todo, para comenzar a responder nuestras preguntas su santidad es un punto de referencia inevitable para quienes buscamos comprender y practicar el entrar al Vacío.

En su libro El universo en un solo átomo el Dalái Lama nos aproxima a su propia historia en relación con la ciencia de Occidente, nos regala un camino hacia el entendimiento del Vacío desde la ciencia, un libro a mi parecer de una riqueza extraordinaria pues es un sensible puente literario entre dos comprensiónes del universo. Agradecemos todos de corazón al Dalái Lama y sus intentos por consolidar la ciencia con la religión en estos tiempos tan interesantes. Vayamos al libro que es en estos momentos lo que nos interesa.

En el capítulo 3 de este libro, se encuentra un relato sumamente ilustrativo sobre la vida del Lama al relacionarse con los conceptos científicos y sus adelantos tecnológicos, nos describe su encuentro con las matemáticas y con un mundo para él antes desconocido, nos empapa de sus dudas y manifiesta todas sus Inquietudes al lector, aquí encontramos que el Lama ya había observado estas similitudes entre el Budismo y la Física ¿pero careciendo de estudios especializados, supera su visión un horizontes superficial?. Eso dependerá de quien lo juzgue.

El Lama es un hombre que cruzó su camino con muchos físicos, químicos, matemáticos y científicos en general, hombres que aunque de forma introductoria le enseñaron las cuestiones científicas del método y los cambios de paradigma que han surgido a través del tiempo, sabemos por su propio testimonio que conoció a Cari von Weizsácker y Karl Popper (por nombrar algunos nombres), entre otras mentes en excesivo brillantes en nuestro conocimiento. De estas múltiples conversaciones es que nos nutrimos, el Lama dice: tengo la impresión de que la ciencia se va acercando a las nociones contemplativas budistas del vacío y la interdependencia.

Dirijamos nuestras disertaciones a lo que respecta de la física, en sus modelos científicos y sus relaciones con el Budismo. Una cita textual del capítulo dice:

la física clásica ofrecía una cosmovisión mecanicista, en la que ciertas leyes físicas universales, incluida la ley de la gravedad y las leyes de la mecánica, determinaban, en efecto, la pauta de las acciones naturales. Dicho modelo contemplaba cuatro realidades objetivas, los cuerpos, las fuerzas, el espacio y el tiempo, y siempre existía una clara diferenciación entre el objeto conocido y el sujeto conocedor. La relatividad y la mecánica cuántica, sin embargo, según palabras de Von Weizsácker, sugieren que debemos abolir por principio la separabilidad entre el sujeto y el objeto y, con ella, todas nuestras certezas acerca de la objetifiabilidad de los datos empíricos de los que disponemos.

Lo que nos sugiere pensar en la mismas diferencias existentes entre el Hinayana y Mahayana con respecto a sus concepciones de la mismidad. Una acepta la individualidad y las reacciones entre las acciones y la otra sugiere abolir estos principios. Al Lama le pareció ver que los propios físicos mientras se encontraban en los laboratorios jugaban con la materia desde una perspectiva realista, hablando de fotones y electrones con facilidad, mientras que los problemas surgían cuando se iniciaba una conversación filosófica y les interrogaba acerca de los fundamentos de la mecánica cuántica, en estos casos los físicos afirmaban que, en realidad nada existe al margen del aparato que lo define. Tanto la ciencia como en el Budismo los hombres se vieron en posición de pensar en dos realidades una newtoniana y otra más profunda o cuántica.

II. La posición Budista ante el Vacío

En el Budismo con sus principios en el vacío estos desconciertos filosóficos aproximaron a sus pensadores a la realidad del vacío, pensemos en la realidad física newtoniana como la cotidianidad correlativa y causa-efecto en las individualidades materiales y al conocimiento del vacío como un postulado cuántico que echa por tierra las individualidades y propone más bien una relación más grande. El Dalái Lama nos dirá que en lo profundo del núcleo del Budismo persiste la profunda convicción de que existe una disparidad fundamental entre nuestra manera de percibir el mundo, incluida nuestra propia existencia, y la auténtica realidad de las cosas.

En nuestra experiencia cotidiana, tendemos a relacionarnos con el mundo y con nosotros mismos como si dichas entidades poseyeran unas características intrínsecas, definibles, discretas y perdurables. Por ejemplo, si examinamos nuestra concepción de nosotros mismos, veremos que tendemos a creer en la presencia de un núcleo esencial de nuestro ser, que caracteriza nuestra individualidad e identidad como un ego discreto, independiente de los elementos físicos y mentales que constituyen nuestra existencia. La filosofía del vacío revela que este no es solo un error fundamental sino que constituye la base del apego, el aferramiento y la aparición de numerosos prejuicios.
Según la teoría del vacío, cualquier creencia en una realidad objetiva, fundamentada en la suposición de una existencia intrínseca independiente, es insostenible.

Todas las cosas y acontecimientos, sean materiales, mentales o, incluso, abstractos, como el concepto del tiempo, carecen de una existencia objetiva independiente. Una existencia intrínseca e independiente como esta implicaría que las cosas y los acontecimientos son, de alguna manera, completos en sí mismos y, por lo tanto, totalmente autónomos. Esto significaría que ningún fenómeno es capaz de actuar y ejercer influencia sobre los demás fenómenos. Todos sabemos, sin embargo, que existe la relación causa-efecto: si giramos la llave en la ignición, las bujías chisporrotean, el motor se pone en marcha, y se consume gasolina y aceite. Nos dice el Lama: Estas cosas jamás ocurrirían en un universo de fenómenos autónomos y existentes en sí mismos. Yo no podría escribir sobre papel y ustedes no podrían leer las palabras impresas en esta página. De modo que, puesto que influimos unos en los otros y nos cambiamos, debemos asumir que no somos independientes, aunque nos sintamos así o intuyamos que lo somos.

En efecto, la noción de una existencia intrínseca independiente es incompatible con la causalidad. Esto es así porque la causalidad implica contingencia y dependencia, mientras que cualquier existencia independiente sería inmutable y autónoma. Todo está compuesto por acontecimientos interrelacionados e interdependientes, por fenómenos que interactúan sin cesar, carentes de una esencia fija e inmutable y que mantienen unas relaciones dinámicas en perpetuo proceso de cambio. Las cosas y los acontecimientos son «vacíos», en el sentido en que no poseen una esencia inmutable, una realidad intrínseca o una existencia absoluta que les confiera independencia. Esta verdad fundamental de «la auténtica naturaleza de las cosas» está descrita en los textos budistas como «vacío» o suniita en sánscrito.

Nuestra visión ingenua del mundo, nacida del sentido común, nos impulsa a considerar las cosas y los acontecimientos como poseedores de una entidad intrínseca perdurable. Tendemos a pensar que el mundo está compuesto por cosas y acontecimientos dotados de una realidad propia discreta e independiente, y que son estas cosas y acontecimientos independientes y poseedores de una identidad discreta los que actúan unos sobre otros. Creemos que unas semillas intrínsecamente reales producen una cosecha intrínsecamente real, a un tiempo intrínsecamente real y en un lugar intrínsecamente real.

Consideramos que cada componente de este nexo causativo —la semilla, el tiempo, el lugar y el efecto— poseen un estatus ontológico sólido. Esta visión de un mundo compuesto de objetos sólidos con propiedades inherentes se ve reforzada por nuestro lenguaje, compuesto de sujetos y predicados, estructurado con nombres sustantivos y adjetivos, por un lado, y verbos activos, por el otro. Todo, no obstante, está constituido por partes, tanto el cuerpo de una persona como su mente. Es más, la identidad misma de las cosas es contingente de muchos factores, como los nombres con que las designamos, las funciones que les atribuimos y los conceptos que albergamos acerca de ellas.

III. ¿Un camino medio?

El Lama nos recuerda que problemas similares surgieron en el pensamiento budista en relación con la disparidad existente entre la visión convencional del mundo (newtoniana) y la sugerida por la filosofía del vacío (cuantica). En el Budismo fue Nagarjuna quien invocó la noción de las dos verdades (1) convencional y otra (2) última. Relacionadas respectivamente con el mundo de la experiencia cotidiana y con las cosas y los acontecimientos en su forma última de existencia, es decir, en el nivel del vacío. A nivel convencional, podemos hablar de un mundo pluralista de cosas y acontecimientos con identidades y causas diferenciadas. Este es el mundo donde podemos esperar que operen sin fisuras las leyes de causa y efecto y las leyes de la lógica: los principios de identidad y contradicción, y la ley del medio excluido.

Este mundo de la experiencia empírica no es una ilusión ni es irreal.
Es real, en tanto que lo percibimos. Un grano de cebada produce un brote de cebada que, con el tiempo, dará lugar a una cosecha de cebada. La ingestión de un veneno puede causar la muerte y, de manera similar, la toma de un medicamento puede curar una enfermedad. Desde la perspectiva de la verdad última, no obstante, las cosas y los acontecimientos no poseen realidades discretas e independientes. Su estatus ontológico último es «vacío», en el sentido de que nada posee una especie de esencia o existencia intrínseca.

En la física se puede concebir algo similar a este principio de las dos verdades. Por ejemplo, podemos afirmar que el modelo newtoniano es excelente para el mundo convencional tal como lo conocemos, mientras que la relatividad einsteiniana —basada en presupuestos radicalmente distintos— representa un modelo excelente para un ámbito distinto o más inclusivo. El modelo einsteiniano describe aspectos de la realidad para los que son cruciales los estados de movimiento relativo aunque, en la mayoría de los casos, no llega a afectar nuestra visión convencional de las cosas. De forma similar, los modelos de la realidad de la mecánica cuántica representan la acción de un ámbito distinto, la realidad de las partículas, en su mayor parte «inferida», especialmente en el campo microscópico. Cada una de estas aproximaciones es excelente en sí y para los propósitos que fue concebida pero, si pensamos que cualquiera de estos modelos está constituido por cosas intrínsecamente reales, estamos abocados a la decepción, al menos desde la entrada al vacío.

El capítulo 3 del libro finaliza así:

En esencia, Nagarjuna y Chandrakirti vienen a decir lo siguiente: cuando se trata del mundo de la experiencia empírica, siempre que no atribuyan a las cosas una existencia intrínseca independiente, las nociones de causalidad, identidad y diferencia, y los principios de la lógica, seguirán siendo sostenibles. Su validez, no obstante, se verá limitada por el marco relativo de la verdad convencional. El intento de fundamentar las nociones de identidad, existencia y causalidad en una existencia objetiva e independiente supondría transgredir los límites de la lógica, el lenguaje y la convención. No es necesario postular la existencia objetiva e independiente de las cosas, ya que podemos atribuir una realidad robusta y no arbitraria a las cosas y los acontecimientos que no solo sostiene las funciones cotidianas sino que, a la vez, proporciona una base firme para la actividad ética y espiritual. El mundo, según la filosofía del vacío, está compuesto por una red de realidades interrelacionadas y de origen interdependiente, en cuyo seno unas causas de origen interdependiente dan lugar a unas consecuencias de origen interdependiente, de acuerdo con unas leyes de la causalidad de origen interdependiente. Lo que hacemos y lo que pensamos en nuestra vida, por lo tanto, adquiere una importancia extraordinaria, puesto que afecta todo aquello con lo que nos relacionamos.

La naturaleza paradójica de la realidad, tal como la revelan la filosofía budista del vacío y la física moderna, representa un gran desafío a los límites del conocimiento humano. La esencia del problema es epistemológica: ¿Cómo conceptuar y comprender la realidad de forma coherente? Los filósofos budistas del vacío no solo han desarrollado toda una cosmovisión basada en el rechazo de la muy arraigada tentación de tratar la realidad como si estuviera compuesta por entidades objetivas intrínsecamente reales sino que se han esforzado por aplicar estas nociones en su vida cotidiana. La solución budista a esta contradicción aparentemente epistemológica consiste en interpretar la realidad en términos de la teoría de las dos verdades. La física ha de desarrollar una epistemología que ayude a sortear la distancia aparentemente insalvable entre la imagen de la realidad de la física clásica y de la experiencia cotidiana, y la de su oponente, la mecánica cuántica. En cuanto a lo que podrían ser las implicaciones de la teoría de las dos verdades en la física, no tengo la más remota idea. En su raíz, el problema filosófico al que se enfrenta la física a la luz de la mecánica cuántica es si la noción misma de la realidad —definida en términos de unos constituyentes esencialmente reales de la materia— resulta sostenible. Lo que la filosofía budista del vacío puede ofrecer es un modelo coherente de comprensión de la realidad que no es esencialista. Que esto resulte útil, solo el tiempo lo dirá.

Biografía:
– El universo en un solo átomo. Dalai Lama.

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